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Existen personas a las que no podemos imaginar desapareciendo de la pantalla de nuestra televisión. En Francia tenemos a Johnny Halliday, y en España está Juan Carlos, ahora ex-rey de la parte la más noble de la Península Ibérica.

Bueno, Juan Carlos no se ha muerto sino que abdicó. No habrá luchas intestinas, conspiraciones o incesto. España no es Westeros y lo siento, pero los dragones ya no existen. Me aseguré de ello en Irlanda la semana pasada. Aquí se trata de una ruptura pacifica, ya que es su hijo Felipe quien heredará el trono. Ya está.

He decidido recibir a Juan Carlos de forma muy simple y hacerle probar mi famosa tortilla de patatas.

Un vinculo muy especial nos une. Es él quien firmo mi diploma universitario. Que sí, os lo juro, son su nombre y su firma las que están estampadas al final del precioso e inútil documento. Y además, obtener una validación real para mi tortilla tiene buena pinta.

– Buenas tardes Su Alteza.

– ¡Dios mío, pensaba que el rey de la tortilla en Paris merecía un reino mas grande que este! ¡Jajajaja! ¿Qué tal, hijo? Ven pacá, un abrazo.

Juan Carlos me abraza con vigor dándome una palmadita amistosa en la espalda con su gran mano de monarca. Ya les había dicho que existe un estrecho vinculo entre nosotros dos.

– Me va estupendamente, Su Alteza. ¿Me permite que le llame así esta noche? Necesito tiempo para acostumbrarme. Su nueva vida de jubilado le sienta estupendamente. Está usted muy elegante.

Efectivamente, lleva un traje de tres piezas gris, una corbata roja sobre una camisa blanca, y todo acompañado por su sonrisa jovial y calurosa, secreto de sus numerosas conquistas femeninas.

– Te devuelvo el halago, hijo.

– Ah, lo ha notado ¿verdad ? Son unos pantalones y unos tirantes que compré en El Rocío. Creo que le suena el pueblo ¿no? Está al lado de su reserva de caza.

– ¡Ay, no me hables del tema!. Mis pequeños placeres me han traído de cabeza estos últimos años.

– Su Alteza, hay que reconocer que esa foto con el pobre elefante y con esa mujer medio loca fueron errores graves.

– No me lo recuerdes hijo, por favor.

Juan Carlos se desplaza con dificultad hasta el sofá negro, que será su trono para esta cena. Le sirvo un vaso de Priorat, L’Ermita d’Alvaro Palacios, 2011, para darle un pequeño gusto a Cataluña. Bueno, un gusto que tiene su precio pero que es necesario para que el Rey olvide la provocación nacionalista. Su mano tiembla un poco cuando toma un trozo de Tortilla.

– Su Alteza, usted ya sabe que soy Francés y por tanto genéticamente republicano, a pesar de mis orígenes belgas.

– ¿Me estás insinuando que son tus orígenes belgas los que te impiden decapitarme en tu salón?

– ¡Jajajaja! No, es usted es una personalidad política a la que admiro.

Sus ojos se iluminan. No sé si es por mi cumplido o por la tortilla, pero su mirada ha tomado un vigor que no tenia antes.

– Hace poco tiempo, leí “Anatomía de un instante” de Javier Cercas. Habla de los eventos del golpe de Estado dirigido por el coronel Tejero, el 23 de Febrero del 1981, cuando España era todavía una joven democracia. Descubre el increíble y decisivo trío que usted formo con Adolfo Suarez y Santiago Carrillo.

– No sobreestime mi papel en este asunto. Todo dependió en gran parte de la suerte, de la estupidez de un coronel y, bueno, también de nuestra complicidad con estos dos hombres estupendos, que en paz descansen.

Su mirada se asombra. A pesar de esto, no me siento capaz de decirle que sus manchas en la piel desaparecen.

– No creo estar sobreestimando nada ni a nadie. Constato simplemente que soy consciente de la importancia del instante, y de que supo encarnar un símbolo político mientras que nada le obligaba, ni siquiera su herencia real.

Se sirve otra vez un par de trozos de tortilla. Le sirvo un poco de vino, sorprendido por la subida extraordinaria de sus pelos.

– En realidad, no le veo a usted como a un rey, sino ante todo como a un político de los que ya quedan pocos en nuestro tiempo: hombres y mujeres que encarnan algo, tribunos porque al final es lo que esperan sus electores. A mí, por ejemplo, me gustaría que François Hollande soltara un «¿ Por qué no te callas? » a Marine Le Pen o a Nicolas Sarkozy.

– Por favor Antonio, ¿de qué sirven cinco años de estudios en ciencias políticas si me sales con un discurso así de populista.

– Populista no sé. Popular, quizás, pero bueno… No quiero decir que haya que adular al pueblo, sino saber utilizar las palabras correctas para explicar, convencer y, en algunos momentos, elevarle. Una palabra o un discurso pueden hacer esto. Acuérdese de Manuel Valls durante la noche de les elecciones europeas. Prometió una bajada de los impuestos en medio de un discurso soporífero. Eso es populismo, oportunismo y totalmente desencarnado.

Juan Carlos se levanta y empieza a caminar por el salón con un vigor sorprendente. Además su vientre gordito había desaparecido totalmente.

– Esa es exactamente la razón de mi renuncia al trono. No sabia cómo hablar a los españoles. Nuestra legitimidad al final no vale de nada si falta esto. Habiendo sido o no elegidos

– Y fue una decisión sabia. Mira, dame un ejemplo de un demócrata elegido por el pueblo capaz de hacer lo mismo cuando su palabra no vale. Mira en nuestro país.

– ¡Jajajaja! ¡Deja a ese diablo de François en paz por favor! No es tan malo.

Sus gestos son ahora vivos y rápidos.

– Bueno, ¿cuándo vais a venir a visitarnos a Doñana tu novia y tu? Tengo que presentaros a Felipe y Letizia. ¿Sabes que es periodista ? Seguro que vuestras bellas se entenderían perfectamente

– No lo dudo Su Alteza. Quizás este verano. ¿Piensa usted que Felipe será un buen Rey?

– ¡Es demasiado tranquilo, como su madre! Después de él, España será una República. Así van las cosas : al final soy el último. Bueno hijo, tengo que coger un barco y optimizar mi jubilación. Dale un abrazo a tu amigo el marinero maltés.

Señala mi cuadro de Corto Maltés en Venecia y luego se dirige hacia la salida del piso.

– ¡Espere, Su Alteza! ¿Qué le pareció mi tortilla?

– Es una maravilla hijo y tú lo sabes.

Me dice esto con su mano apoyada en mi cara. Parece a un abuelo transformado, en lo que dura una cena, en un joven príncipe que seducirá sus enfermeras de la residencia. Es todo lo que le deseo.

 

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